Temas

ENTRE DOS CULTURAS
DOS CAMINOS
DR. EMOTO Y DR. ESCUDERO
EL ENCUENTRO
LA CONVERGENCIA

UNA EXPERIENCIA SINGULAR

“Dan era un hermoso perro boxer de año y medio de edad, de gran vitalidad.
Todo empezó como una infección gastrointestinal. Durante tres semanas lo habíamos mantenido con sueros.
Primero, no era capaz de comer, y cuando intentaba hacerlo no retenía nada en su estómago. Quedó con la piel y los huesos.
Si la mirada del boxer se caracteriza por su expresión tristona, en aquella situación daba pena verle.
Por fin un día apreciamos un cuerpo extraño en el vientre, que hasta ese momento no habíamos podido diagnosticar radiográfica ni ecográficamente. Sólo cuando empezó a salir por detrás del reborde de las costillas nos percatamos de que aquel cuerpo extraño era la causa del cuadro obstructivo que padecía.
Era necesario operarle. Pero, en aquel estado de depauperación ¿Cómo iba a cicatrizar la herida operatoria? El pronóstico era sombrío y entonces decidí liberar a los veterinarios que se habían ocupado de él de la responsabilidad de la operación.
Lo intervendría yo, sin anestesia química.
Si opero a todos mis pacientes con anestesia psicológica... ¿qué me impedía hacer lo mismo con el animal?...
Recordé alguna experiencia anterior con animales. Un pato que había recibido un mordisco en el cuello, dado por un perro, con la vena yugular al aire, intacta de puro milagro. Cuando terminé de hacerle la sutura me di cuenta que la persona que lo sostenía le había dejado libre un ala y no la había movido, no hubo reflejo de defensa.
En otra ocasión había suturado una herida en la pata de un perro, producida por un cristal, sin que el perro protestara lo más mínimo.
En aquél momento tenía la seguridad de que Dan “sabía” de que yo le iba a ayudar y que colaboraría en todo... Y así sucedió.
Cuando por la mañana, antes de empezar la consulta voy a verle al jardín, le digo que cuando termine la consulta voy a operarle. El perro parece alegrarse.
Al terminar mi trabajo preparamos una mesa de operaciones en el jardín, en el porche de mi estudio, bajo la fresca sombra de un árbol.
Acostamos al perro del lado derecho. Yo me pongo a su espalda. Primero había dejado una cámara de video funcionando, de manera que captaba todo lo que sucedía en la mesa de operaciones.
El perro está completamente suelto. No se le ha administrado ninguna medicina. Me ayuda un joven veterinario.
Voy a hacer una incisión parecida a la que usamos en las personas para una simpactectomía lumbar, con objeto de llegar a la cavidad lumbar sin cortar ningún músculo, separando las fibras musculares sin llegar a peritoneo.
El bisturí corta la piel del animal, que ni se mueve ni hace el menor gesto de desagrado; ni el más leve gruñido. Se amplia la incisión y se introducen unos separadores. Tenemos a la vista el plano muscular. Secciono la aponeurosis y atravieso las tres capas musculares. El peritoneo aparece a la vista.
Entre dos pinzas corto con el bisturí. Oímos un ruido característico al penetrar el aire en la cavidad abdominal.
Amplío la brecha para explorar con comodidad dentro. Mis dedos tropiezan pronto con el cuerpo extraño. Tomo el intestino y tiro hasta sacarlo fuera.
Oigo las frases de sorpresa de los que me rodean.
Es una pequeña escoba de plástico, que mide treinta y cuatro centímetros de largo por cinco de diámetro, de las que se usan para limpiar inodoros!
Tuve que ampliar la brecha del intestino delgado para que saliera la parte gruesa...
Parecía increíble. ¿Cómo había podido tragarse aquello?
Todo esto iba siendo registrado por la cámara de video... De no ser por este documento corríamos el riesgo de pensar que estábamos sufriendo una alucinación colectiva de los presentes.
Y Dan sin protestar, completamente suelto. Mientras suturo la herida, con su mano izquierda acaricia a los que tiene a su alcance, a Vicente, el veterinario que me ayuda.
A mí, que estoy a su espalda, Dan puede mandarme su cálida y tristona mirada, llena de gratitud. Con mi codo derecho acaricio su cabeza.
Jaime, el padre de mi ocasional ayudante, al que habíamos avisado por teléfono y es veterinario también, llega a tiempo de presenciar parte de la intervención.
Las exclamaciones de ambos veterinarios muestran su admiración por lo que están viendo.
Termino la sutura de la piel y pongo al perro en pie, le ofrezco comida y come.
Se repuso rápidamente.

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