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“ Maestro”: a ti dirijo mi plegaria.
Tú que has de pulir mi alma y modelar mi corazón,
compadécete de su fragilidad. No me mires con seño
adusto. Si no te comprendo todavía, ten paciencia.
No reprima siempre tu gesto mis impulsos. No te moleste mi
bulliciosa alegría: compártela. No atiborres
mi débil inteligencia con nociones superfluas. Enseña
lo útil, lo verdadero y lo bello. Lo bello! Maestro:
que mis ojos aprendan a ver y mi alma a sentir. Desentraña
la belleza de cuanto rodea y házmela gustar. Trátame
con dulzura, maestro, ahora que soy pequeño, quién
sabe los dolores que me deparará el destino y, en
medio de ellos, el recuerdo de tu benevolencia será bienhechor
estímulo. No me riñas injustamente; averigua
bien la causa de mi falta y verás siempre atenuada
mi culpabilidad. Amame, maestro, como ama el Padre a sus
criaturas, que yo también, aunque no sepa demostrártelo,
te amaré mucho, mañana más que hoy.
Si me enseñas con amor, tus lecciones serán
provechosas, pero si no me amas, no podré comprenderte
nunca. Cultívame, maestro, como el jardinero a las
florecillas que le dan encanto y aroma yo también
perfumaré tu existencia en el incienso perenne del
recuerdo y la gratitud. Yo he de ser tu obra maestra, procura
enorgullecerte de ella.
Maestro, buen maestro, que has de dar luz a mis ojos, aliento a mi cerebro, bondad
a mi corazón, belleza a mi alma, verdad a mis palabras, rectitud a mis
actos. Padre intelectual, bendito seas.
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