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PLATON
| La música es para el alma lo que
la ginmasia es para el cuerpo. |
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El legislador no debe proponerse la felicidad
de cierto orden de ciudadanos con exclusión de los
demás, sino la felicidad de todos. |
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| Cada lágrima enseña a los mortales una
verdad. |
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Donde reina el amor sobran las leyes. |
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| Si el semblante de la virtud pudiera verse, enamoraría
a todos. |
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Cuando una multitud ejerce la autoridad, es más
cruel aún que los tiranos. |
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| Buscando el bien de nuestros semejantes encontraremos el
nuestro. |
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Tres facultades hay en el hombre: la razón que esclarece
y domina; el coraje o el ánimo que actúa, y
los sentidos que obedecen. |
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| La burla y el ridículo son, entre las injurias,
las que menos se perdonan. |
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Debemos buscar para nuestros males otra causa que no sea
Dios. |
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| El tiempo es una imagen móvil de la eternidad. |
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Hay que tener el valor de decir la verdad, sobre todo cuando
se habla de la verdad. |
CARTA VII
Siendo yo joven, pasé por la misma experiencia que otros
muchos; pensé dedicarme a la política tan pronto
como fuera dueño de mis propios actos; y he aquí las
vicisitudes de los asuntos públicos de mi patria a que
hube de asistir. Siendo objeto de general censura el régimen
político a la sazón imperante se produjo una revolución;
al frente de este movimiento revolucionario se instauraron como
caudillos cincuenta y un hombres: diez en el Pirineo y once en
la capital, mientras que treinta se instauraron con plenos poderes
al frente del gobierno en general. Se daba la circunstancia de
que algunos de éstos eran allegados y conocidos míos
y en consecuencia requirieron al punto mi colaboración,
por entender que se trataba de actividades que me interesaban.
La reacción mía no es de extrañar, dada
mi juventud; yo pensé que ellos iban a gobernar la ciudad
sacándola de un régimen de vida injusto y llevándola
a un orden mejor, de suerte que les dediqué mi más
apasionada atención, a ver si lo conseguían. Y
vi que en poco tiempo hicieron aparecer lo bueno, como una edad
de oro, el anterior régimen.
Entre otras tropelías que cometieron estuvo la de enviar
a mi amigo, el anciano Sócrates, de quien yo no tendría
reparo en afirmar que fue el más justo de los hombres
de su tiempo, a que, en unión de otras personas, prendiera
a un ciudadano para conducirlo por la fuerza a ser ejecutado;
orden dada con el fin de que Sócrates quedara, de grado
o por fuerza, complicado en sus crímenes; por cierto que
el no obedeció, y se arriesgó a sufrir toda clase
de castigos antes de hacerse cómplice de sus iniquidades.
Viendo, digo, todas estas cosas y otras semejantes de mayor gravedad,
lleno de indignación me inhibí de las torpezas
de aquél período…
No mucho tiempo después, cayó la tiranía
de los Treinta y todo sistema político imperante. De nuevo,
aunque ya menos impetuosamente, me arrastró el deseo de
ocuparme de los asuntos públicos de la ciudad. Ocurrían
desde luego también bajo aquél gobierno, por tratarse
de un período turbulento, muchas cosas que podrían
ser objeto de desaprobación; y nada tiene de extraño
que, en medio de una revolución, ciertas gentes tomaran
venganzas excesivas de algunos adversarios. No obstante, los
entonces repatriados observaron una considerable moderación.
Pero dió también la casualidad de que algunos de
los que estaban en el poder llevaron a los tribunales a mi amigo
Sócrates, a quién acabo de referirme, bajo la acusación
más inicua y que menos le cuadraba. En efecto, unos acusaron
de impiedad y otros condenaron y ejecutaron al hombre que un
día no consintió en ser cómplice del ilícito
arresto de un partidario de los entonces proscritos, en ocasión
en que ellos padecían las adversidades del destierro.
Al observar yo cosas como éstas y a los hombres que ejercían
los poderes públicos, así como las leyes y las
costumbres, cuando con mayor atención lo examinaba, al
mismo tiempo que mi edad iba adquiriendo madurez, tanto más
difícil consideraba administrar los asuntos públicos
con rectitud; no me parecía, en efecto, que fuera posible
hacerlo sin contar con amigos y colaboradores dignos de confianza;
encontrar quiénes lo fueran no era fácil, pues
ya la ciudad no se regía por las costumbres y prácticas
de nuestros antepasados, y adquirir otros nuevos con alguna facilidad
era imposible; por otra parte, tanto la letra como el espíritu
de las leyes se iba corrompiendo y el número de ellas
crecía con extraordinaria rapidez. De esta suerte, yo,
que al principio estaba lleno de entusiasmo por dedicarme a la
política, al volver mi atención a la vida pública
y verla arrastrada en todas las direcciones por toda clase de
corrientes, terminé por verme atacado de vértigo,
y si bien no prescindí de reflexionar sobre la manera
de poder introducir una mejora en ella, sí dejé,
sin embargo, de esperar sucesivas oportunidades de intervenir
activamente. Y terminé por adquirir el convencimiento
con respecto a todos los Estados actuales de que están
sin excepción mal gobernados; en efecto, lo referente
a su legislación no tiene remedio sin una extraordinaria
reforma, acompañada además de suerte para implantarla.
Y me vi obligado a reconocer, en alabanza de la verdadera filosofía,
que de ella depende el obtener una visión perfecta y total
de lo que es justo, tanto en el terreno político como
en el privado, y que no cesará en sus males el género
humano hasta que los que son recta y verdaderamente filósofos
ocupen los cargos públicos, o bien los que ejercen el
poder en los Estados lleguen, por especial favor divino, a ser
filósofos en el auténtico sentido de la palabra.
PLATON – “Carta VII”
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