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TENER
Padre Luis Ceschi
Diario San Rafael
Cuenta la historia que Diógenes estaba observando con mucha atención
una pila de huesos humanos. El poderoso Alejandro Magno le pregunta qué busca.
Y el filósofo responde: “Algo que no puedo encontrar: la diferencia
entre los huesos de tu padre (Filipo) y los de tus esclavos”.
Esa es la verdad descarnada, literalmente hablando. Todos somos iguales, más
allá de los bienes que tengamos. Le sugiero meditar el pensamiento de
Roger Kervin: “Si estás orgulloso de tus bienes, conviene que te
des cuenta de que no te los podrás llevar contigo”. Y el de Cicerón: “El
corazón del hombre es el que debe hacerse rico, no sus arcas”.
El ansia de poseer acompaña al hombre desde que nace. Se aferra primero
al pecho materno como algo propio y exclusivo. Luego se aferrará a la
mamadera. Más adelante a los juguetes, los útiles escolares, los
vestidos, la bicicleta, la moto, el coche, los chiches electrónicos, los
equipos de audio...
Tener. Tener siempre más. Tener mejores cosas. Es una tendencia que brota
de lo más profundo del ser humano, tal vez recordando la vieja consigna
de Dios a nuestros primeros padres: “Sean fecundos y multiplíquense,
y llenen la tierra y sométanla” (Gn 1,28). Poseer algo es una forma
de someterlo.
En sus justos límites, la tendencia a poseer forma parte del hombre; pero
cuando se desborda (cuando va más allá de sus bordes) entonces
el ansia de tener se transforma en esclavitud. Porque se vive en función
del tener y no del ser. Debemos tener para ser, y no ser para tener. Quien se
aferra demasiado a las cosas -sean éstas pocas o muchas- piensa que “tiene
bienes”, pero en realidad los bienes lo tienen a él. Es una forma
de esclavitud. “Engarza en oro las alas del pájaro, y nunca más
volará al cielo” (Rabindranath Tagore).
Y hablando del cielo, recordemos lo que alguna vez escribiera Publio Ciro: “Dios
mira las manos limpias, no las manos llenas.
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