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OPTIMISMO
Padre Luis Ceschi
Diario San Rafael
Una tira de Alberto Broccoli nos presenta al personaje Pérez-Man haciendo
una
sugerencia : “ Colabore. Sea un ciudadano responsable. Mantenga limpia
la ciudad. No deje su ánimo tirado por el suelo…”
Nunca se nos habría ocurrido que dejar el ánimo tirado en el
suelo pudiera ser una forma de suciedad. Y en realidad lo es. Incluso podríamos
hablar de una atentado a la “ecología del alma". Porque el
pesimismo -sobre todo cuando es una actitud habitual- puede llegar a ensombrecernos
toda la vida. La nuestra y la de los demás. Porque nuestro pesimismo
se irá multiplicando en la medida que lo contagiemos a los otros. Leamos
al respecto lo que dice Pastorino:
“¡
Despierta! No permitas que la rutina arrase con tu vida. Cumple tus tareas
con amor siempre renovado, porque esto te proporcionará alegría.
La rutina cansa y roe el alma, desalienta y carcome el entusiasmo. Renueva
cada mañana la alegría de vivir. Ayuda a todos y cumple alegremente
tu trabajo, para recibir a cambio el beneficio de la felicidad por tus esfuerzos” (“Minutos
de sabiduría”).
Y ya que estamos citando, permítame que cierre esta reflexión
con el sereno pensamiento de alguien que supo mantener el optimismo en los
campos nazis de concentración, donde murió proclamando su fe
cristiana. En “Yo he amado a este pueblo” dejó escrito Dietrich
Bonhoeffer:
“
En apariencia, resulta más inteligente ser pesimista: se olvidan los
desengaños, y ante los hombres no nos ponemos en ridículo. Por
eso, el optimismo está mal visto entre los inteligentes.
De acuerdo con su esencia, el optimismo no encierra un juicio sobre la situación
presente, sino que es una fuerza vital, una fuerza de la esperanza allí donde
otros se resignan; una fuerza que nos hace mantener alta la cabeza cuando todo
parecer ir mal; una fuerza para soportar reveses: una fuerza que jamás
abandona el futuro al adversario sino que lo reclama para sí”.
En definitiva, para ser optimista basta sólo con que, de hecho, nos
dejemos impresionar por tantas cosas buenas que la vida nos ofrece.
CIUDAD
Padre Luis Ceschi
Diario San Rafael
Hace algún tiempo encontré un aviso comunitario
que me impactó: ‘Su ciudad es la
continuación de su casa”. De golpe me dí cuenta
que la ciudad es un poco la casa
grande, en la que los hombres convivimos. Y como casa compartida
por tanta gente, necesita un orden para que sea habitable.
Hay casas donde vivir es un placer, y otras
donde vivir es padecer. Nuestra ciudad también es, en cierta medida, reflejo grande
de lo que sucede, en pequeño, en cada casa. Por ello somos
todos responsable de que la nuestra sea una ciudad feliz o desgraciada.
Hay que aprender a quererla todos los días, con actos
concretos de amor, haciéndola formar parte de nuestro
propio mundo. Como escribiera Lawrence Duirell, “una ciudad
es un mundo si amamos a cada uno de sus habitantes”.
Usted habrá quizá rezado por mucha gente y por
muchas cosas. ¿No se le ocurrió nunca orar por
su ciudad? Hugo Schlesinger y Humberto Eco -un judío y
un católico- publicaron en su libro “Dialogando
con Dios” una plegaria que se titula: “Oración
por la ciudad”.
“
Protege, Señor, la ciudad en que resido y trabajo, con
todos los que en ella viven.
Encomiéndote, Señor, la continua entrega de los
que colaboran para su bien.
Compadécete, Señor de los que se ocupan en actividades
destructivas y presérvanos de sus funestos efectos.
Líbranos, Señor, en las calles y en nuestros hogares,
de la furia de los asaltos, robos y homicidios.
Inspíranos, Señor, soluciones para mejorar el ambiente
y el perfeccionamiento de las relaciones humanas.
Socorre, Señor, de modo especial a los pobres, los desauciados
y los abandonados.
Cuida, Señor, a toda esa anónima multitud y dale
orden y paz a mi ciudad. Amén”.
Le arrimo un profundo pensamiento del rabino Abraham Joshua Heschel: “Nuestra
preocupación no es como rendir culto en las catacumbas,
sino como seguir siendo humanos en los rascacielos”.
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