REFLEXIONES
“Lo reconozcamos o no, cada uno de nosotros está formado
de cuatro grandes partes: una física (nuestro cuerpo),
una intelectual (nuestro cerebro), una emocional (nuestros
sentimientos) y una espiritual (nuestro centro, nuestro corazón,
nuestra energía cósmica o etérea, nuestra
alma, nuestro espíritu). Durante los últimos
cien años, el mundo occidental ha centrado la mayor
parte de su atención en el plano físico e intelectual,
concediendo comparativamente mucha menor importancia a los
aspectos emocionales y espirituales. Desde hace casi tres siglos,
hemos estado tan enamorados de la ciencia y la razón
(productos de nuestros cerebros) que nos hemos alejado de los
asuntos esenciales del espíritu, como la fe, la inspiración
y la intuición. En la búsqueda de la verdad,
hemos tendido a aceptar sólo la que nos llegaba avalada
por la ciencia –una verdad que puede ser definida, medida
y probada-, descartando por falsas o inmerecedoras de interés
otras verdades: las del espíritu, la belleza, la paz,
el amor.
En nuestro afán de comodidad física, perseguimos
e incluso sacralizamos el bienestar material y, con frecuencia
lo hacemos a costa de la salud emocional y espiritual, olvidando
por completo que esa salud espiritual es nuestra mayor riqueza.
Cuando nos hacemos más ricos espiritualmente disminuyen
nuestras necesidades materiales y, curiosamente, siempre tenemos
lo que necesitamos. Muchos nos preguntamos, a veces con desesperación,
otras con desgana, cómo es posible que habiendo obtenido
toda la comodidad material que deseábamos –e incluso
más-, nuestras vidas estén tan vacías.
Por qué no nos satisfacen las cosas? Qué es lo
que hemos perdido? Por qué estamos tristes tan a menudo?
Otros se preguntan con la misma desesperación: Por qué somos
tan pobres? Por qué no hemos sido tan afortunados como
otros?... Las respuestas a estas preguntas son muy difíciles.
…
La razón principal de que las respuestas a nuestro vacío
sean tan difíciles es que no sabemos dónde buscar.
Dado que vivimos en una sociedad orientada hacia lo material
y lo aparente, la mayoría tratamos de encontrarla fuera
de nosotros: más dinero, más prestigio, un lugar
diferente, una casa más grande, coche nuevo, vestidos
nuevos, más actividades, títulos universitarios,
vacaciones, diversión, conocer gente nueva, casarnos,
divorciarnos, tener hijos, tener amantes, romper con los amantes,
y así para siempre. Y no sólo buscamos fuera
de nosotros las respuestas a las voces de nuestro interior
y a nuestro vacío, sino que también lo hacemos
para las causas de nuestros problemas. Decimos: <me irrita>,
en vez de <me irrito>. <me hace actuar como un policía> en
vez de <tengo tanto miedo de lo que puede hacerme que reacciono
como un policía, porque cuando controlo la situación
disminuye mi pánico>, o bien <si no fuera por
la gente horrorosa que me rodea en mi trabajo, yo sería
feliz> en lugar de <siento ansiedad por mi rendimiento
y me presiono para realizar un trabajo perfecto y ser el primero>,
o <si mi marido no me gritara (o no me pegara), nuestro
matrimonio sería normal>, o, también < si
mis padres me hubieran tratado mejor y me hubieran querido
de verdad, yo no sería un neurótico>.
Hay miles de formas como éstas para deshacernos de la
responsabilidad de nuestra condición y dejar de hacer
las cosas por nosotros mismos, descargándolas en los
hombros ajenos, por lo general de aquellos que conviven con
nosotros: maridos, esposas, parientes, hijos, superiores, subordinados
o amigos. He aquí, decimos, la causa de nuestros problemas,
luego a ellos compete solucionarlos. Nada podemos hacer nosotros
para cambiar la situación. Estaremos atados de pies
y manos hasta que comprendamos que, de una u otra forma, es
nuestra actitud y nuestra manera de culpabilizar a los demás
de nuestros problemas o de nuestro malestar lo que nos impide
darles solución. Es evidente que no podemos cambiar
a nuestros semejantes –aunque lo intentamos- porque no
tenemos el poder para ello. Sin embargo, podemos cambiarnos
a nosotros mismos, nuestro comportamiento y, a menudo, nuestras
situaciones en la vida. No es una tarea fácil, y muchos
de nosotros no podemos realizarla solos.
…
nuestro camino –de hecho, también llamamos a nuestro
Programa el Camino de los doce pasos- se basa en los grandes
supuestos de las religiones universales… en la práctica,
funciona igualmente para los ateos y para los creyentes.
Pero, sin duda, nos ayuda a descubrir la parte espiritual que
hay en nosotros, a reconocer la importancia que tiene para
nuestra vida y a vivirla según unas directrices espirituales.
Comprendemos que la apatía y la desesperación
nos vienen de haber ignorado, rechazado e incluso, despreciado
nuestra dimensión espiritual.”
-Jerry Hirschfield
Los Doce Pasos
(Programa de Alcohólicos Anónimos)