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“…de
hecho, uno de los aspectos más interesantes
de la Ilíada es que, aunque compuesta para honrar
a los griegos, son los troyanos quienes se granjean
el más grande respeto y honores. Héctor,
el noble campeón troyano, es el héroe
que lleva el liderazgo espiritual de la obra. Comparado
con él, Aquiles parece un sinvergüenza.
Y el enternecedor episodio, en el cuarto libro, sobre
la despedida de Héctor de su esposa Andrómaca
y de su hijo Astyanax, antes de dirigirse a la batalla,
es con toda seguridad el momento más supremo
de humanidad, dulzura y hombría de toda la
obra.”
-Joseph Campbell
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Los troyanos habían sido advertidos por el sacerdote del
dios Apolo, sin embargo, la masa ciega, sorda e inconsciente, no
creyó. El caballo fue introducido por la multitud en la
ciudadela y con ello se facilitó la victoria de los griegos.
Vencedores de una guerra en la que algunos de sus hombres se escudaban
en la figura de la bella Helena… enmascarando ese algo que
se conoce con el nombre de codicia… Estos hombres ‘vencedores’ fueron
probados inadvertidamente. Finalizada la guerra cada uno recibió el
fruto de sus calamitosas acciones.
Varias de las mujeres troyanas llevadas como botín de guerra
perecieron. Andrómaca, la dulce esposa del noble Héctor,
logró sobrevivir, aunque cautiva, contrajo nuevamente matrimonio
con Heleno, hermano de Héctor, también cautivo. Ella,
nunca olvidó a su querido Héctor a quién para
honrar su memoria dedicó un monumento. El buen rey Príamo
y su hijo, el gran Héctor, el de tremolante casco, el pre-claro… eran
conocedores de que la guerra no se había originado en los
hombres –aunque algunos de ellos, estaban cometiendo graves
errores- sino por decisión de los dioses.
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