La flota de los griegos reunidos
en el puerto de Áulide esperaba vientos favorables para hacerse a la
mar. Pasaron los días y las semanas. El mar permanecía
en calma total. Los griegos comenzaron a impacientarse. Calcante
fue consultado. El adivino no tuvo más que dar una mala
noticia. La diosa Artemisa-Diana castigaba de esta forma al jefe
general de la expedición, Agamenón. El rey de Micenas
en una de sus tantas cacerías imprudentemente había
dado muerte a uno de los ciervos sagrados. Para rectificar el
daño, Agamenón, debía sacrificar a su hija
Ifigenia ante el altar ofrecido a la diosa Artemisa-Diana. Sólo
así, los vientos se tornarían propicios. Agamenón
en un principio se negó, gritó, lloró, intentando
renunciar a la misión militar. Los generales griegos no
estaban dispuestos a caer en la humillación de Grecia.
Para ellos se trataba de una cuestión de honor. Agamenón,
un hombre al fin de cuentas egocéntrico y soberbio se
dejó convencer. Ulises-Odiseo, fue el encargado de ir
a Micenas donde se encontraba Ifigenia junto a su madre Clitemestra.
La joven fue engañada, se le dijo que Aquiles la estaba
esperando en el Áulide para comprometerse con ella. Ilusionada
accede pero pronto se da cuenta de las verdaderas razones del
llamado de su padre. El momento del sacrificio había llegado.
Ifigenia permanecía en el altar. El sacerdote ante un
gesto de Agamenón se dispone a utilizar la herramienta
filosa. Una densa nubosidad desciende sobre el lugar. Fracciones
de segundos… el espacio se despeja, la nubosidad desaparece
y los presentes pueden ver que en el lugar del hecho yace una
joven cierva desangrada.
El fenómeno de la nubosidad fue utilizado -quizás
por la misma diosa Artemisa o sus ayudantes- para cambiar a Ifigenia
por una cierva y así, poder trasladarla –sin que
nadie lo advirtiera- a la zona de Táurida donde se la
consagró como sacerdotisa de Artemisa.
Recordemos que la diosa Artemisa-Diana, apoyaba a los Troyanos.