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Cumplidos los requisitos señalados por el adivino Calcante,
la diosa Atenea inspiró nuevamente a Ulises en la realización
de un caballo de proporciones gigantescas. Fue construido con abetos
cortados en el monte Ida. Su vientre podía contener un regimiento
completo.
Los griegos –hábilmente- hicieron correr el comentario
de que emprendían el regreso a sus tierras y que el caballo
era una ofrenda a la diosa Atenea para calmar su indignación
por el robo del paladio y también para conseguir su intercesión
para un feliz regreso a la patria. Las tiendas de los griegos
comenzaron a levantarse. Agamenón encabezó el embarque
con sus soldados. Se alejaron del puerto, pero… permanecieron
ocultos en un islote cercano. Quedaron unos pocos soldados que
se encargaron de trasladar el caballo frente a los muros de Troya.
En su interior permanecían ocultos trescientos guerreros
especialmente elegidos. Entre ellos: Ulises, Neoptólemo,
Estanelo y Menelao.
Los soldados griegos que transportaron al caballo, desaparecieron
raudamente, aunque dejaron a uno de nombre Sinón.
El pueblo troyano estallaba de júbilo al conocer la retirada
de los griegos. Muchos realizaban el reconocimiento de las tierras
que habían sido ocupadas por tanto tiempo. Algunos pedían
que el caballo fuera introducido en el interior de la ciudad.
Otros, pedían que fuera tirado al mar o bien quemado.
Laocoonte, sacerdote del dios Apolo, con
indignación
se dirige al pueblo. No cree en la retirada de los enemigos.
Sabe que en el interior de ese caballo se enconden muchos soldados
enemigos. Mientras el sacerdote hablaba, unos campesinos traen
encadenado a un soldado griego. Es Sinón que se había
ocultado a medias para poder ser descubierto. Sinón había
sido preparado por Ulises. Pide hablar con el rey Príamo
y le dice que por un desacuerdo con Ulises había sido
condenado a muerte aunque había logrado escapar. Explicó que
los griegos habían desistido de Troya, que el caballo
era una ofrenda a la diosa Atenea y que si lograban introducirlo
en la ciudad, los griegos jamás volverían a atacar
Troya. Los designios decían que en su momento, los troyanos,
devolverían a los griegos todas las calamidades sufridas.
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