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Midas fue un rey de gran fortuna
que gobernaba en el país de Frigia. Tenía todo lo que un rey
podía desear. Vivía en un hermoso castillo rodeado
de grandes jardines y bellísimas rosas. Era poseedor de
todo tipo de objetos lujosos. Compartía su vida de abundancia
con su hermosa hija Zoe.
Aún repleto de riquezas, Midas pensaba que la mayor felicidad
le era proporcionada por todo su oro. Comenzaba sus días
contando monedas de oro… se reía… se reía
y tiraba las monedas hacia arriba para que les cayeran encima
en forma de lluvia! De vez en cuando se cubría con objetos
de oro, como queriéndose bañar en ellos, riendo
feliz como un bebé.
Cierto día, el dios de la celebración,
Dionisio, pasaba por las tierras de Frigia. Uno de sus acompañantes,
de nombre Sileno, se quedó retrasado por el camino. Sileno,
cansado, decide dormir un rato en los famosos jardines de rosas.
Allí lo encuentra Midas, quién lo reconoce al instante
y lo invita a pasar unos días en su palacio. Luego de
esto lo llevó junto a Dionisio. El dios de la celebración
muy agradecido por la gentileza de Midas, le dijo: “Me
has dado tal placer al haber cuidado de mi amigo que quiero hacer
realidad cualquier deseo que tengas”. Midas respondió inmediatamente: “Deseo
que todo lo que toque se convierta en oro”. Dionisio frunció el
entrecejo y le dijo: “Seguro que deseas eso?”. A
lo que Midas respondió: “Seguro, el oro me hace
tan feliz!” Finalmente, Dionisio contesta reacio: “Muy
bien, a partir de mañana todo lo que toques se transformará en
oro”.
Al siguiente día, Midas, se despertó ansioso por
comprobar lo que Dionisio le había prometido. Extendió sus
brazos tocando una mesita que de inmediato se transformó en
oro. Midas, saltaba de felicidad! Y continuó comprobando… tocó una
silla, la alfombra, la puerta, la bañadera, un cuadro
y siguió corriendo como un loco por todo su palacio hasta
quedar exhausto y al mismo tiempo contentísimo!
Se sentó a desayunar y tomó una rosa
entre sus manos para respirar su fragancia. Pero… al tocarla
se había
convertido en un frío metal. “Tendré que
absorber el perfume sin tocarlas, supongo”, pensó desilusionado.
Sin reflexionar, se le ocurrió comer un granito de uva,
pero casi se quebró una muela por morder la pelotita de
oro que cayó en su boca. Con mucho cuidado quiso comer
un pedacito de pan, sin embargo estaba tan duro lo que antes
había
sido blandito y delicioso! Un traguito de vino, quizás… pero
al llevar el vaso a la boca se ahogó tragando el oro líquido!
De repente, toda su alegría se transformó en miedo.
Justo en ese momento, su querida gatita saltó para sentarse
con él, pero al querer acariciarla, quedó como
una estatua dura y fría. Midas se puso a llorar: “Sentiré solamente
cosas frías el resto de mi vida?”, gritaba entre
lágrimas. Al sentir el llanto de su padre, Zoe se apresuró para
reconfortarlo. Midas quiso detenerla pero al instante una estatua
de oro había quedado a su lado. El rey lloraba desconsoladamente.
Finalmente levantó los brazos y suplicó a Dionisio: “Oh,
Dionisio, no quiero el oro! Ya tenía todo lo que quería!
Solo quiero abrazar a mi hija, sentirla reir, tocar y sentir
el perfume de mis rosas, acariciar a mi gata y compartir la comida
con mis seres queridos! Por favor, quítame esta maldición
dorada!” El amable dios Dionisio le susurró al corazón: “Puedes
deshacer el toque de oro y devolverle la vida a las estatuas,
pero te costará todo el oro de tu reino” y Midas
exclamó: “Lo que sea! Quiero a la vida no al oro!” Dionisio
entonces le recomendó: “Busca la fuente del río
Pactulo y lava tus manos. Este agua y el cambio en tu corazón
devolverán la vida a las cosas que con tu codicia transformaste
en oro”.
Midas corrió al río y se lavó las manos
en la fuente, agradecido por esta oportunidad. Se asombró al
ver el oro que fluía de sus manos para depositarse en
la arena del fondo de la fuente. Rápidamente, llevó una
jarra de agua para volcar sobre Zoe y rociar a la gata. Al instante,
sonaba en el silencio la risa y la voz musical de Zoe y el ronroneo
de la gata.
Muy contento y agradecido salió Midas con su hija para
buscar más agua del río Pactulo y así poder
rociar rápidamente todo lo que brillaba de oro en el palacio.
Gran alegría le proporcionó a Midas el observar
que la vitalidad había retornado a su jardín y
a su corazón. Aprendió a amar el brillo de la vida
en lugar del lustre del oro. Esto lo celebró regalando
todas sus posesiones y se fue a vivir al bosque junto con su
hija en una cabaña. A partir de lo ocurrido, jamás
dejó de disfrutar de la auténtica y verdadera felicidad.
EN BUSQUEDA DE SIGNIFICADOS
La leyenda del Rey Midas es un mito clásico
sobre la tragedia inevitable cuando la verdadera felicidad
no se es reconocida.
La vieja historia del rey Midas,(la codicia que lo dominaba),
es aleccionadora y nos invita a pensar, reflexionar y darnos
cuenta de las consecuencias que podemos atraernos siendo esclavos
de nuestros propios deseos. Por suerte, el rey Midas reconoció su
error a tiempo y pudo revertir semejante situación.
En tiempos actuales, ese oro de la leyenda, se halla sustituído
por el afán desmedido de poseer dinero, excesos de bienes,
riquezas, comodidades, lujos, apariencias, poder, etc. En definitiva:
MATERIALISMO.
Cuando concentramos nuestra vida exclusivamente en lo material,
comienza el desasosiego, la intranquilidad, que incita al consumo,
al deseo de acaparar más y más, egoístamente
todo para sí. Un individuo en estas condiciones puede
llegar al extremo de cometer graves injusticias, mentir, robar,
matar, delinquir, someter a su familia y toda una sociedad a
las nefastas consecuencias que el mundo ya ha experimentado en
su larga historia.
Se trata del deseo que nunca se calma: más se tiene, más
se quiere. Se forma un vacío que no puede llenarse con
nada. Comienza, entonces, una perturbación psicofísica
que aleja al individuo del verdadero sentido y propósito
de la Vida.
Ilustramos el tema con un óleo realizado
por MK, en Noviembre de 2003, titulado:
EL TERRORISMO DEL ALMA.
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