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EN BUSQUEDA DE SIGNIFICADOS
Consideramos a esta película como pedagógica.
Es cierto que tiene imágenes violentas. De todas formas,
humanamente, siempre estamos sometidos a la tensión del
bien y mal. Lo importante es relativizar. Debemos tener presente
la época en que se desarrolla la película. Ahora,
estamos en los albores del siglo XXI; unos cuántos añitos
que marcan la diferencia. Lo que nos queda por rescatar de estos
caballeros honorables, son sus principios positivos y valores
morales tales como la honestidad,integridad, justicia, misericordia,
lealtad, disciplina, esfuerzo, veracidad, cumplimiento,etc.
Como muchos humanos –de antes y de ahora- el Emperador,
cayó en la creencia que lo referente a la tecnología,
ciencia, capitalismo, trae progreso y desarrollo a un país.
Esto, es cierto a medias. Como lo estamos alcanzando a comprender
en carne propia.
La verdad es que si a este desarrollo tecnológico-capitalista,
no lo llevamos de la mano de un consciente crecimiento interno-personal,
evolutivamente no pasamos del estadio de un animal. Y esto con
perdón de los animales. Una hormiga, por ejemplo, tiene
un principio de organización junto a su especie. Una abeja,
igual. Un ratón sabe resolver el problema del laberinto.
Nosotros, los humanos, somos constructores de laberintos, pero
no logramos salir de ellos, quedamos atrapados. Esto se debe
a la ignorancia, al ego inflado, a la rapacidad,etc.
La pregunta es: de qué sirve todo este estado de inconsciencia,
más que para causar destrucción y sufrimiento humano?
Para eso fue puesto el humano en la vida?
Volviendo a la película y siempre siguiendo el guión,
el Emperador Meiji, tenía la inquietud por saber cómo
eran los indios americanos y si lo que se contaba de ellos era
cierto. Probablemente desde su interior realizaba una determinada
analogía entre los indios guerreros y los Samuráis.
Quizás temía equivocarse con su idea de occidentalización.
Basta leer la Carta del Jefe Indio, para darnos cuenta, cuáles
eran sus principios y cómo en nombre de la modernidad
se hizo tanto desastre con esa gente.
Hemos relatado brevemente cómo un Samurai asumía
la Vida y la Muerte.
Ahora, a través de un relato de un descendiente de indígenas,
conoceremos un pensamiento paralelo.
VIAJE A IXTLAN
-La muerte es nuestra eterna compañera –dijo Don
Juan con un aire sumamente serio-. Siempre está a nuestra
izquierda, a la distancia de un brazo… Siempre te ha estado
vigilando. Siempre lo estará hasta el día que te
toque.
-Cómo puede uno darse tanta importancia sabiendo que la
muerte nos está acechando?-preguntó.
-Cuando estés impaciente –prosiguió-, lo
que debes hacer es voltear a la izquierda y pedir consejo a tu
muerte. Una inmensa cantidad de mezquindad se pierde con sólo
que tu muerte te haga un gesto, o alcances a echarle un vistazo,
o nada más con que tengas la sensación de que tu
compañera está allí vigilándote-.
Volvió a inclinarse y me susurró al oído
que, si volteaba de golpe hacia la izquierda, al ver su señal,
podría ver nuevamente a mi muerte en el peñasco.
Sus ojos me hicieron una seña casi imperceptible, pero
no me atreví a mirar. Le dije que le creía y que
no era necesario llevar más lejos el asunto, porque me
hallaba aterrado. El soltó una de sus rugientes carcajadas.
Respondió que el asunto de nuestra muerte nunca se llevaba
lo bastante lejos. Y yo argumenté que para mí no
tendría sentido seguir pensando en mi muerte, ya que eso
sólo me producía desazón y miedo.
-Eso es pura idiotez!-exclamó-. La muerte es la única
consejera sabia que tenemos. Cada vez que sientas, como siempre
lo haces, que todo está saliendo mal y que estás
a punto de ser aniquilado, vuélvete hacia tu muerte y
pregúntale si es cierto. Tu muerte te dirá que
te equivocas; que nada importa en realidad más que su
toque. Tu muerte te dirá: ‘Todavía no te
he tocado’.
Meneó la cabeza y pareció aguardar mi respuesta.
Yo no tenía ninguna. Mis pensamientos corrían desenfrenados.
Don Juan había asestado un tremendo golpe a mi egoísmo.
La mesquindad de molestarme con él era monstruosa a la
luz de mi muerte.
Tuve el sentimiento de que se hallaba plenamente consciente de
mi cambio de humor. Había vuelto las tablas a su favor.
Sonrió y empezó a tararear una canción ranchera.
-Sí- dijo con suavidad, tras una larga pausa-. Uno de
los dos aquí tiene que cambiar, y a prisa. Uno de nosotros
tiene que aprender de nuevo que la muerte es el cazador, y que
siempre está a la izquierda. Uno de nosotros tiene que
pedir consejo a la muerte y dejar la pinche mezquindad de los
hombres que viven sus vidas como si la muerte nunca los fuera
a tocar. CARLOS CASTANEDA.
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