|
EL ODIO A LO QUE ALIMENTA
Hay quienes piensan que la envidia es tan
originaria que vendría
en nuestros genes y que este fundamento constitucional de la
envidia se dejaría ver incluso en las más primarias
sensaciones del bebé en relación con lo bueno,
haciendo que en algunos de ellos aparezca un inentendible rechazo
a lo que lo alimenta. Esta hipótesis se asienta en que
habría un odio a lo bueno en cuanto tal, en cuanto algo
bueno del otro y no imprescindiblemente por la carencia de eso
bueno por el sujeto. Este concepto llevaría a una premisa
mayor; es decir, a la idea de que traeríamos en nuestras
células el germen de una tendencia innata a desorganizar
el orden que construye la vida, o sea, una especie de pulsión
de muerte. La envidia sería una expresión de esa
tendencia. Otros, más escépticos frente a esta
idea, ven a la envidia como una experiencia más compleja
en la que lo constitucional dejaría su impronta a través
de algunas características, como por ejemplo qué tan
voraz o tan agresivo o tan intolerante a la frustración
o a la separación pudiera ser el bebé, aspectos
que lo predispondrían a la conformación de sentimientos
envidiosos más o menos intensos, más o menos dañinos.
La envidia recorre todos los caminos que
son propios de un estado anímico. Puede tratarse de un proceso psíquico
inconsciente que se encuentra como substrato motivacional oculto
de fantasías o pensamientos o acciones conscientes como
es el caso de los celos. En ocasiones los celos, que habitualmente
son un reflejo de la dinámica de rivalidad edípica
que se establece entre los seres humanos, pueden tornarse intensamente
patológicos justamente por la impronta de una envidia
oculta. La Sra. A. se siente terriblemente perturbada cada vez
que con su marido se encuentran con otro matrimonio conocido.
La mujer del esposo, la Sra. B., es una mujer más bien
discreta y no hace gala de una seducción histérica
ni mucho menos. Tampoco es llamativamente hermosa. Pero cada
vez que habla expresa opiniones propias que indican su formación
profesional y su capacidad reflexiva. Esto es suficiente para
que la Sra. A. se ponga tensa y comience a pensar en una serie
de descalificaciones, incluso personales, en relación
con lo que dice B. En ocasiones este estado de rabia y confusión
ha hecho que a la Sra. A. se le salgan algunas de esas ideas
ante la perplejidad de los asistentes, lo que la ha hecho quedar
y sentirse como estúpida. Como A. tiene afecto por B.
esto la martiriza y en ocasiones la lleva a aislarse en las reuniones
sociales. Una complicación que se ha vuelto habitual es
que al volver a su casa la Sra. A. le hace recriminaciones a
su esposo acusándolo de haberle prestado atención
preferencial a B. respecto de ella. Ciertamente que éste
escucha, como todos, a B., pues sus opiniones son interesantes.
Esta situación ha complicado la amistad entre los matrimonios
y la relación entre la Sra. A. y su esposo. Todos saben
que A. siempre ha dejado ver su amargura por no haber podido
desarrollarse intelectualmente. No pudo entrar a la universidad
y luego se casó. Pero nadie asocia aquella situación
con esto; es decir, que A. se siente envidiosa de su amiga.
En esta línea digamos que no existe esa envidia sana
de la que hablamos en la cotidianidad. Sólo se trata de
una falta de vocabulario para expresar los sentimientos de admiración
por lo bueno del otro, el deseo de tenerlo y la pena, a veces,
de lo lejos que estamos de ello. En la envidia estamos dominados
por el odio que nos provoca la diferencia que vemos entre nosotros
y otra persona y que contamina todos esos sentimientos con una
intención destructiva sobre lo bueno que advertimos en
ese otro. Los terapeutas, sobre todo los psicoanalíticos,
tienen la experiencia de lo que llaman "reacción
terapéutica negativa". Alimentada por la envidia,
es la absurda e inadvertida tendencia del paciente a atacar la
ayuda que le trata de brindar el profesional a pesar de la pérdida
de tiempo, dinero y logro terapéutico evidente que conlleva.
Y no es una mera resistencia sino que la intolerancia a la dependencia
de un otro que el paciente envidioso ve como poseedor de la capacidad
de comprender y de entregar interpretaciones que le sirven. Esto
es tan ilógico y perturbador que hay personas que, de
modo inconsciente, buscan permanecer masoquísticamente
mal, deprivados y frustrados como una forma de hacer sentir al
terapeuta que es un fracasado e impedir que se vuelva, en la
terapia y en el mundo interno del paciente, alguien valioso y
envidiable.
A veces es tan perturbador el matiz emocional
envidioso que invade nuestro ánimo que tratamos, sin darnos cuenta,
de ponerle un manto de ocultamiento a través de un conocido
método nacional: la idealización del objeto envidiado.
Explicitamos tal valorización del otro que éste
se nos torna aliviadoramente inalcanzable. Esta complacencia,
en ocasiones repugnante, esconde los sentimientos odiosos de
la envidia, los que, como estamos siendo testigos en estos días,
se dejan caer en forma implacable en cuanto la persona, antes
una autoridad devocionada, queda al alcance de la mano. Sin duda
que el poder es un objeto envidiable. De hecho, notables psicólogos
opinaban que la envidia al poder centrada en la percepción
de la evidente carencia de una parte física por parte
de la mujer en relación con el hombre sería un
fundamental factor estructurante de la mente de las mujeres,
las que buscarían, como tarea vital, tener o recuperar
esa parte a través de la relación con un hombre,
sublimándola, por ejemplo al tener un hijo. La psicología
moderna de la mujer es más compleja que esa idea y nace
de las condiciones en que ella se desarrolla.
Por supuesto que las marcadas diferencias
son un campo propicio para el estallido de los estados mentales
de envidia y sus consecuencias.
Es también conocida entre nosotros esta forma patética
de defendernos de ser envidiados, me refiero a declararnos "humildes" y
carentes de cualquier cosa que pudiese provocar envidia en los
otros. En otros tiempos de la República esto era sustento
de un vivir discreto o de la caridad compasiva de las clases
dueñas del dinero. Actualmente el frenesí de la
voracidad y la ostentación en calles y medios de comunicación
ha desbancado esas defensas y la envidia se deja ver en la profusión
de psicopatías, delincuencias y corruptelas que se tejen
en los otrora colectivos épicos y solidarios. En una sociedad
como la nuestra, en la que la envidia es un secreto a voces,
tanto desmentido como denunciado, el tomar distancia y ser indiferente
frente a los méritos ajenos es también otra forma
ciega de la persona de evitar exponerse a la irrupción
de sentimientos envidiosos.
La envidia individual y social requiere de
una urgente reflexión.
Esto implica la valentía de arriesgar nuestro piso narcisístico
y reconocer la violencia y voracidad que nos provoca el bien
que advertimos en los demás, admitir que no toleramos
darnos cuenta de que somos diferentes entre nosotros y que no
habrá mercado alguno que logre borrar todas las diferencias.
También significa asumir que las comparaciones que realizamos
con nuestra mirada siempre serán relativas y que todo
esfuerzo que hagamos deberá estar dirigido a un desarrollo
propio más que al logro de los modelos que tratan de imponernos.
Caso contrario terminaremos encerrados tras alarmas y rejas en
nuestras casas y oficinas, aterrados ante el asalto de la envidia
callejera y de la de nuestros subordinados o conformándonos,
como el malogrado compositor de la Corte Antonio Salieri.
MUCHAS GRACIAS DR. LEÓN
COHEN
ECOS DEL HEROE
|
|