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El compositor de la Corte coloca varias piedras
en el camino de Mozart.
Además, traza un plan para apropiarse de una de las obras
con la idea de hacerla pasar más tarde como de su autoría.
Para ello se vale de un disfraz utilizado por el padre de Amadeus
en una fiesta y le encarga un Requiem. Necesitado de dinero Mozart
acepta. Su salud ya está debilitada y mientras piensa
en la Obra, el fantasma de su padre muerto se interna en él,
lo cual lo enferma más aún.
Bellísima parte de la filmación cuando afiebrado
y en agonía, surgen las notas del Requiem en la mente
de Amadeus, completando la Obra con gran esfuerzo para después
entregarse en los brazos de la eternidad. En ese instante suena
con más fuerza el Requiem como escrito para su propia
muerte.
Salieri - Vuestro Dios misericordioso...
El destruyó a
su propio amado en vez de dejar que una mediocridad compartiera
mínimamente su gloria... El mató a Mozart y me
dejó vivo para torturarme. Treinta y dos años de
tortura. Treinta y dos años de observar lentamente mi
propia extinción. Mi música cada vez se escucha
menos... hasta que nadie la toque. Y la de Mozart...
Hablaré en vuestro lugar Padre! Hablaré por todos
los mediocres del mundo. Soy su defensor. Soy su santo protector!
Mediocres de todo el mundo yo os absuelvo!
EN BUSQUEDA DE SIGNIFICADOS
Sugerimos leer Mitos de Envidias y Celos
LA ENVIDIA: UNA INSOPORTABLE PRESENCIA DE BIEN
No existe la sana envidia, afirma León Cohen. Ésta
siempre sería un odio a lo bueno en los otros que nace
de la intolerancia que tenemos a la dependencia. De los agresivos
egos celosos nos defenderíamos comportándonos como
seres discretos y humildes, tapando así nuestras propias
envidias.
LEÓN COHEN. Psiquiatra psicoanalista APCH-IPA – Chile.
El compositor de la Corte ha llegado a su
límite. No
lo soporta más. Arrinconada por los sonidos, la mente
de Antonio Salieri se ha dividido. Por un lado, en la más
inefable admiración por esa música maravillosa
y única que fluye desde el papel, desde las voces y los
instrumentos. Por otro, en una violencia y un resentimiento inusitados
solventados por esa misma admiración y motivados por la
dolorosa conciencia de que aquella música no sólo
no es suya sino que jamás podrá nacer en su propio
terreno.
La historia de Salieri que se nos cuenta
en la película "Amadeus" (Milos
Forman, 1984) nos lo muestra, en un comienzo, inmerso en una
plenitud y armonía con las fuentes de la creatividad,
hasta que un día sus ojos y oídos son asaltados
por lo que sería incomprensible en un mundo de Dios: el
triunfo del mal. Salieri ve aparecer lo que para él es
una criatura obscena y vulgar, exudando, de un modo inevitable
hasta para ella misma, la más celestial de las bellezas.
Ciertamente que es admirable hasta para el Emperador. Pero para
Salieri hay en esto algo peor. Este Mozart parece recibir directamente
de Dios los minerales que exuda sin tener que ofrendarle a la
divinidad ni su sexualidad ni su orgullo, como lo ha hecho Salieri
para obtener el talento. Salieri no puede dejar de compararse,
como si ambos fueran lo mismo, diferenciados sólo por
una enorme injusticia de Dios. Entonces los ojos del compositor
de la Corte se hunden de odio omnipotente y su mente, estrangulada
por la inutilidad del sacrificio realizado, se descompone en
una fantasía magnicida y retaliatoria: la muerte del Padre
injusto y estafador a través de la destrucción
de su obra más querida, del bien.
¿No hay aquí algo radicalmente insólito,
contrario a cualquier sentido común o al propósito
milenario de la evolución? Si tenemos frente a nuestros
ojos un bien que nos alimenta o que nos protege o que nos enseña
o que nos ama, ¿cómo es posible que su presencia
se nos torne insoportable a tal grado que quisiéramos
que desapareciera para así aliviarnos de ese malestar
que nos descompone? ¿Qué sentido tiene este mal
de ojo, es decir, la emergencia del mal al ver una diferencia
y que compone a la envidia? ¿Puede ser tan poderosa, en
algunos, la frustración; es decir, la rabia ante la percepción
de carecer de algo, justamente al ver que el otro allí enfrente
sí lo posee? La historia y la experiencia humanas nos
muestran una y otra vez la ocurrencia de estos hechos y sus malignos
efectos en los individuos, los grupos, las instituciones, las
sociedades, etc. De hecho son vivencias de ese tipo las que a
menudo forman y motivan las más sorprendentes estupideces
humanas, sobre todo aquellas en las que las secuelas son de un
evidente carácter destructivo o dañino para el
propio sujeto.
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