“Para
que una civilización se mantenga en un nivel
elevado, debe establecer la armonía entre el
espíritu
y el alma. Esta síntesis debe ser el fin supremo
de la lucha actual de la humanidad. La tarea es difícil,
pero la llevaremos a cabo en tanto sepamos claramente
lo que queremos y adónde vamos. Pero antes de
llegar allí, es natural que vivamos el caos
y la anarquía, el caos moral y espiritual. Cualquiera
que hoy día entre en contacto con hombres conscientes,
en cualquier parte del mundo, observa hasta en ellos
las consecuencias inevitables de la guerra, es decir,
los resultados de la angustia y del hambre, cansancio,
ansiedad e incertidumbre; y por sobre todo la ausencia
de una moral estable, universalmente reconocida, sobre
la cual se pueda reconstruir la vida interior del hombre
de postguerra. Pues en esto no debemos engañarnos.
La verdadera reconstrucción no es la de las
usinas, los barcos, las casas, las escuelas y las iglesias
destruidas
por la guerra. Una civilización no puede establecerse
sino sobre fundamentos espirituales. La vida política
y económica está gobernada por las realizaciones
espirituales del hombre. ¿Cómo podrá el
hombre rehacerse interiormente en un clima de cansancio,
de ansiedad y de incertidumbre? No hay sino un solo
medio: movilizar todas las fuerzas de luz que están
adormecidas en cada hombre y en cada pueblo.
En este momento, no hay otra salvación. Debemos
movilizar todos nuestros recursos para combatir la
mentira, el odio,
la pobreza y la injusticia. Debemos llevar la virtud a
este mundo.
¿Cuáles son los hombres que van a llevar adelante
los recursos morales de la humanidad? No podemos esperar
que
este grito, este toque de llamada, el más importante
de todos, venga de jefes temporales. Sólo los jefes
espirituales del mundo pueden y deben cumplir esta noble
misión, por sobre pasiones personales. En nuestros
días la responsabilidad del pensador es muy grande.
Pues las pasiones son ciegas y engendran la lucha y las
fuerzas materiales que el espíritu ha colocado en
las manos de los hombres son formidables. De su uso depende
la salvación
o la pérdida de la humanidad. Miremos claramente
la época
peligrosa que atravesamos y veamos cuál es el deber
espiritual del hombre hoy. La belleza no basta ya, ni la
verdad teórica, ni la bondad pasiva. El deber espiritual
del hombre hoy día es mayor y más complejo
que en el pasado. Él debe aportar el orden en el
caos después de la guerra y abrir un camino. Debe
descubrir y formular un nuevo grito de llamada universal,
capaz de
establecer la unidad, es decir la armonía entre
el intelecto y el corazón. Debe hallar las palabras
sencillas que una vez más van a revelar a los hombres
esta verdad muy simple: los seres humanos son todos hermanos."
- Nikos Kazantzakis,
1946
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